El alma ¿masculina o femenina?

Yorleny Jara V. – San José


“Estoy estudiando un texto con el título realmente provocatorio, ¿La Mujer el segundo sexo? En él han reunido los puntos de vista de dos filósofas, Edith Stein y Simona de Beauvoir. Todo me resulta interesante, aunque varias afirmaciones me sorprendan, como cuando Edith Stein dice que el alma es masculina y femenina… ¿Cómo hay que entender eso? ¿Tiene género el alma? ¿Me puede indicar algún texto “católico” que invite a la mujer a retomar su participación en la vida de la Iglesia y de la sociedad, y no solo desde la obediencia, sino también desde el liderazgo y la participación activa?”

Conozco y yo mismo he leído el breve volumen de que Usted nos habla. Y aprovechando la oportunidad para agradecer a la Editorial Promesa, el habernos puesto a disposición un texto de tanto valor, aunque sea de unos cuantos años. Las dos autoras cada una desde su visión filosófica, supieron anticiparse a su tiempo. Pero, volvamos a su pregunta. Si consideramos al alma en cuanto que principio constitutivo de todo ser humano, y en cuanto que principio espiritual, es del todo obvio que ni cabe la pregunta, como sería preguntarse si los ángeles son masculinos o femeninos: el ser espiritual se sitúa más allá de esa pregunta que solo tiene sentido si la referimos a realidades corporales. Y sin embargo tiene razón la grande filósofa y grande Santa Edith Stein (S. Benedictina de la Cruz) cuando afirma que el alma es femenina y es masculina, en cuanto que ella ya no considera al alma en sí misma, de un modo abstracto, sino en cuanto que unida substancialmente a un cuerpo, formando con él un único ser, que siempre es un  hombre o una mujer, y de allí que en la mujer podamos decir que el alma es femenina como de un modo semejante podamos decir que en el hombre el alma es masculina. Y al respecto Edith Stein da múltiples ejemplos: en el varón tener un “alma” debería en efecto significar “tener ánimo”, voluntad de dominio, de conquista, de protección… mientras que en la mujer (aunque no están ausentes las características anteriores) “tener alma” es particularmente tener ternura, profunda capacidad de empatía, custodiar, gratuidad…
Cuanto a publicaciones “católicas” que ofrezcan reflexiones positivas sobre el ser mujer, y sin caer en polémica estéril, inmediatamente indicaría el siempre actual aporte de Juan Pablo II con su Mulieris Dignitatem, que puede usted encontrar siempre en la Editorial Promesa con un prólogo (muy atinado, por cierto) de Jutta Burggraf. Breve y sustancioso es el volumen de Ana María Sanguineti: “Varón y mujer, hacia la confluencia de dos mundos”, Ed. Promesa, San José 2004.

momZ � u � � ��� scritura es Palabra de Dios y que como tal, con respetuosa fe, hay que acogerla.

Los dos métodos son posibles y plenamente justificados, aunque los dos impliquen límites y riesgos. El primer método podría llevarnos a una lectura demasiado o “exclusivamente” situada de la S. Escritura, por lo cual todo o casi todo, quedaría explicado a partir de la Comunidad en que se escribió tal o cual libro, tal o cual texto de la Biblia, reduciendo así o casi “vaciando” el mensaje divino, sobrenatural. El segundo método o enfoque también tiene riesgos y de entre ellos, el de una lectura “descontextualizada”, afuera de la historia, y en definitiva de carácter “fundamentalista”, traicionando así el auténtico contenido bíblico.
De su parte, el Magisterio de la Iglesia, nos exhorta al estudio científico, histórico, con la ayuda de todas las ciencias contemporáneas (arqueología, antropología, lingüística, etc), pero a la vez nos invita a tener constantemente presente que en ese “recipiente” propio de determinada cultura y autores, se nos ofrece la Palabra de Dios, como Usted mismo, Don Carlos Guillermo, nos ha recordado con la referencia de la Dei Verbum del Concilio Vaticano II. Vale la pena que completemos la cita: “la Santa Madre Iglesia reconoce que todos los libros de la S. Escritura, con todas sus partes, son sagrados y canónicos en cuanto que tienen a Dios como Autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia. En la composición de los libros sagrados, de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito, todo y solo lo que Dios quería”. (Dei Verbum nº 11).